La voz

Pero aquella voz le resultaba demasiado familiar. Habían pasado muchos años, demasiado tiempo como para que nadie le recordase en sus sueños, demasiadas noches huyendo de una vida triste y gris para convertirse en lo que realmente hace solitarias a las noches. Aquella voz le recordó momentos mejores, y una lágrima se deslizó por su mejilla. Desde hacía mucho sintió la necesidad de mirar más allá de su vaso, pero no podía, la cobardía que le inundaba le paralizaba. Fueron unos segundos eternos. Cada pequeño sonido eran miles de recuerdos que se desperezaban de un largo letargo. Y los pasos cada vez estaban más cerca. Seguía inmóvil, pero el vello de sus brazos se erizaba como si un cuchillo helado le hubiese atravesado el corazón. En el momento que creía que tendría que girarse y simular una de esas inocentes sonrisas que antes poblaban su cara sin esfuerzo alguno, los pasos se detuvieron a su lado. Pero no hubo preguntas, ni caricias. La voz seguía hablando con alguien que permanecía mudo.
De repente, abandonando su mutismo, apuró su copa, se levantó lentamente y salió de aquel bar que se había convertido en lo más parecido a un hogar desde hacía mucho. Ya en la calle, rompió el cristal del coche que estaba más cerca, agarró con fuerza uno de los trozos más grandes de cristal y se lo clavó sin pensar en el estómago. Mientras caía, vencido por un dolor mucho mayor que el producido por el cristal, vio el reflejo del interlocutor, vestido con una toga negra que escondía sus pies, y reconoció a la que tantas noches había esperado.
Allí en el ese oscuro rincón de la barra al fondo del bar seguía su vaso con el hielo medio deshecho. Y justo delante del posavasos, una hoja de papel rasgado donde se leía el nombre de la voz, que resonaba aún más fuerte mientras el interlocutor esbozaba una sonrisa al infinito.